domingo, 30 de agosto de 2009

El buen teatro

Despertó creyendo que sería un día especial. Se levantó de la cama, pero esta vez no lo hizo con desgana. No sintió el cuerpo pesado ni la cabeza entre brumas. Dispuesta a todo, se vistió con el propósito de destacar entre los demás. Estaba decidida a que, nunca más, nadie le quitaría el protagonismo que le correspondía.
Entró en el aula con paso sereno. Ya no le daba miedo la clase: la gente ya no representaba una amenaza para ella. De pronto, se sentía indestructible. Los compañeros que siempre la habían despreciado fijaron sus ojos en ella, atentos, pero lo cierto es que no tuvieron coraje para mirarle a la cara. Todos se percataron de que ese día las cosas eran diferentes.
Reinó el silencio durante un breve instante que ella aprovechó para saborear la vida. Entró el tutor, que también la había mirado con desprecio. Ella vio secuencias de su vida, las sintió como si volvieran a ocurrir. El profesor pasó a su lado y ordenó a los alumnos que ocuparan sus asientos. Ella hizo caso omiso, subió a la tarima y comenzó a hablar:
-Vosotros, gente sin corazón, decidisteis ser lo que no debiáis. Optasteis por el desprecio hacia aquellos más débiles, hacia los menos afortunados, como yo. Con o sin palabras, deliberadamente, maltratáis a la gente que no pretende molestar a nadie, os entrometétis en vidas ajenas con el único propósito de hacer daño. Usáis la lengua para criticar a amigos y enemigos, os valéis de gestos y silencios para torturarnos. Pero llegó la hora de una venganza justa.
Lentamente introdujo su mano frágil y blanquecina en la mochila escolar y sacó un instrumento metálico que provocó gritos entre la treintena de adolescentes. Apuntó con el arma al alumno más cercano y vio en él la misma mirada que, tiempo atrás, había marcado su rostro, caracterizando sus facciones. Leyó el miedo en la multitud y cambio de idea. Con gesto sereno acercó el brillante metal a su sien derecha y, antes de apretar el gatillo, miró a los compañeros con los que había vivido los peores momentos de su vida. Con semblante frío, dirigió su rostro hacia el profesor y le preguntó:
-¿Cree usted que llegarán a ser mejores chicos?
¡Bang!
Silencio, expectación. Suaves murmullos comienzan a llenar el patio de butacas. Salen los actores, serios. Son alumnos de tercero y cuarto de ESO. Nadie aplaude, sólo observan y recapacitan. Después asienten, poco a poco, y comienzan a sonreír. Los aplausos son siendo atronadores.

sábado, 29 de agosto de 2009

Existo porque pienso y pienso por qué existo

Baudelaire decía que hay que ser sublime sin interrupción y yo de verdad que lo intento. Pero es que… no siempre es fácil. Sencillo es, por ejemplo, estar casi siempre monísima, pero ahí se acaba porque incluso, a veces, una no tiene remedio y no puede estar divina.

Me he dado cuenta tras este verano –y, en general, tras este último año- que más bien todo es una complicación. Y por eso he llegado a la conclusión de que el ser humano necesitar reciclarse. Un ejemplo claro lo tenemos en los días de Noche Vieja y Año Nuevo: todo el mundo hace un listado de “buenos” propósitos. Así que el mío lo escribo a finales de agosto y no constan en él empresas –aparentemente inalcanzables- como las de dejar de fumar o hacer más deporte. En el mío sólo hay una palabra escrita en mayúsculas: ORDEN.

Ayer discutía con una amiga al comentarle que me había propuesto escribir cada día. Ella, muy airada, me contestó que uno no vive si se obliga a hacer las cosas. Sin embargo, para mí no es ninguna obligación, es más un tema de exigencia. Si puedo hacerlo, por qué no intentarlo. Es más, ¿y si me siento obligada, por qué no hacerlo igual? La vida está llena de obligaciones. Puedes tener dieciocho años y negarte a ver esa realidad o tenerlos y saberlo de antemano.

La cuestión es incluso más simple. Nadie puede decirme que no vivo. Lo que no quiero es simplemente existir. Si mi idea de la vida es exprimirme a mí misma, pues allá voy. Nadie debe decirme que marcarme metas es algo que me arrastra inexorablemente hacia la muerte. Hacia allí vamos todos. Lo que yo deseo es llegar a ella sabiendo que hice algo por mí. Existo porque pienso y no pienso porque existo.

jueves, 27 de agosto de 2009

Compromisos

Es complicado comprometerse. Con cualquier cosa, cualquier cosa que requiera esfuerzo, claro.
Observo el mundo y me doy cuenta de ello. También me doy cuenta de la importancia que tiene.

Acabo de caer en la cuenta de que, quizás, este blog debería llamarse el rincón del observador, porque eso hacemos, observar. Observamos acciones y hechos y evaluamos las consecuencias de cada uno de ellos. Con lupa, como se debe hacer.

Y la lupa es tan útil que nos la llevaríamos incluso a una isla desierta. Incluso sirve para éso. Pero no nos olvidemos de que no sólo basta con observar bajo lupa el mundo exterior, también debemos observarnos a nosotros mismos con la misma precisión. Es lo único que pido, precisión.

Últimamente pienso demasiado en lo imprecisos que somos todos. Con todo y ante todo. Devaluamos la vida con tanta inconcreción. Y hoy he decidido que es el momento de marcarnos metas. Las que cada uno decida, con la dificultad que supongan.

He observado -con lupa- que es importante comprometerse.