domingo, 27 de diciembre de 2009

Antártico, Ártico, Atlántico, Pacífico e Índico

Veinte metros de agua sobre mí. La corriente me lleva. Apenas llega la luz y los ojos ya no se mantienen abiertos. Lloran. El fondo del mar es oscuro. Nada tiene que ver con los documentales. No hay luz, ni peces de colores. Nada es hermoso. Cuando estás a veinte metros de la superficie del mar se hace patente cuan efímera es la vida. Poco queda y nada puedo hacer para salir.

Sepultada caigo en que el oceáno no sigue las propiedades de los líquidos y que mi cuerpo sólo obedece a la gravedad. Se posa sobre mí como algo ineludible y por mucho que luche en su contra nada consigo. Y entonces quiero ser aire, aire. Y de repente el ser acuario cobra importancia para mí.

Quién quisiera vivir en la libertad de ese cielo. Surcar los aires, notar el tacto inefable de las nubes. Embriagarse de oxígeno, nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono y algún que otro gas noble. Saborear cada uno de sus componentes. Qué sabor debe tener. Creo que es como un pastelito de limón: dulce y ácido en una proporción casi equiparable.

Volar, qué bonito debe ser. Si al final no existiera Dios me gustaría reencarnarme -si Buda tenía razón. Me gustaría ser águila. Llegan alto y son tan elegantes. Si el león es el rey de la selva (o de la sabana), el águila, sin duda, es la reina del cielo. O la diosa. Sólo debe volar, sin interrupciones. Con el único fin de vivir. Sin rendir cuentas, sin dar explicaciones. Sólo sobrevivir.

Pero me perdería tantos placeres... quizás sería mejor ser persona. Tiene tantas posibilidades el ser humano. Crearse a sí mismo, la más grandiosa. Es un pequeño dios de sí mismo, y de la tierra. Con su mente crea, con sus manos construye. Conquista el cielo, el mar y la tierra. Pero no es dueño de la libertad, como los son los demás seres. Se desanima y se rinde. Y experimenta. Y pierde. Y gana.

¡Si tuviera tiempo! Vendería mi alma al diablo por una mano que me alzase. Por desgracia, no estoy en posición de soñar. Los misterios de mi vida carecen de importancia. Soy consciente de cada célula de mi ser. El oxígeno me falta. Me arden los pulmones por los estragos de la sal. Es curioso que algo tan inconsciente sea dolorosamente necesario.

Vivimos en un precario equilibrio. Todo lo que compone mi vida tiene un proporción exacta. No puede haber excesos. Los excesos siempre causan el mal. Qué delicados somos. Quizás la tecnología es una réplica de la condición humana.

Sin embargo... qué feliz he sido.

martes, 15 de diciembre de 2009

Vísperas

Salgo a la calle. Noche nublada, noche de frío. Salgo a la calle, camino. Huyo. Es una éspoca especial. Víspera de navidad. Quizá nieve esta noche. Quien sabe.

Navidad, tiempo de alegría, tiempo de paz. Cuánta luz ilumina las calles. Titilea y se refleja en las gotas de lluvia y en los castillos de cristal. Me pregunto si esta moda de materiales reflectantes tiene propósitos navideños. Refulgen las luces y recuerdan un poco al resplandecer de las velas.

Navidad, recuerdo de un sueño soñado. Días de fantasía. No cantan aedos, sólo oigo villancicos -de CD, por supuesto. Y las luces, lo más apasionante de la feria, lo bañan todo en una maravillosa irrealidad. Gentes que sonríen, gentes que lloran. Curiosa contraposición.

Navidad, época pasada. Moderno embeleco. Disfraz de buenos propósitos. Navidad, analogía de fe. Prueba de humanidad. Época de intenciones corteses, de amores caballerescos. Se mezclan, como líquido, lo antiguo con lo contemporáneo. Y las creencias medievales se muestran de repente como la impronta que son. Qué camino marcaron. Qué delimitado.

Navidad, badulaque del ahora. Afeite canalla, condimento inusitado.

Vuelvo a casa. Hace frío. Las ciudades se rinden a la insulsa navidad. A la merecida minúscula. Quizás nieve esta noche. Quien sabe.

sábado, 5 de diciembre de 2009

De colanillas, alcorces y barcias.

Me he acostumbrado a tu ausencia. Ya no hay café para dos ni largas noches en vela. Recuerdo que hace meses todo era importante para nosotras. Cada palabra, cada gesto. A veces, incluso, no necesitábamos de esas mediocridades humanas. No precisábamos de sociedad para sentirnos agusto. Ahora, has asegurado las puertas y ventanas de tu vida y yo, a duras penas, alcanzo a descorrer las colanillas que pusiste voluntariamente en mi contra.

Me he acostumbrado a tu ausencia y sin embargo, no me parece extraño. Siempre pensé que cuando se usan alcorces para ahondar en las nuevas relaciones nunca terminan bien. Lo repetí durante ese año, segundo a segundo, pero no pude eludir mi ansia de eternidad. Ya sabes que una vez que alcanzan a ver la fragilidad de mi alma no puedo desengancharme. Porque para mí, a pesar de la realidad, de la consciencia y de la aceptación, sé que eres nociva. Y esa certeza forma parte de mis minutos de genialidad.

Me he acostumbrado a tu ausencia pero sigo sintiéndote parte de mí. Aún sabiendo que teniéndote a mi lado no soy más que un despojo. Suelo reirme y decirte que soy un desastre. Lo que jamás te dije es que eres tú quien me desestabiliza. Eres tú quien destruye mi preciada racionalidad y mi consciencia del mundo. Y por eso tengo que mantenerte lejos. Lejos de mí. Lejos. Lejos... Porque no me siento bien contigo, aunque esté agusto. Aunque me regales tiempo de paz. Aunque me ayudes a reirme del mundo y a superar mis terrores.

No puedes seguir aquí, amiga. tienes que marcharte. ¿Lo entiendes? Así sólo consigues equipararme a la barcia. Y aunque siempre dijeras que te recordaba al trigo, por unos instantes de dorado esplendor y por mi necesidad de sol, tú haces de mí las ahechaduras de esas hebras. Vete, amor, vete. No llores por mí. No me digas que me quieres. No lo repitas. No soporto este controlado descontrol. No soporto sentirme atada y medida constantemente. Sé que el amor también es trabajo. Pero se suponía que tenía que hacerme mejor, ¿Verdad?

sábado, 28 de noviembre de 2009

Las dos miradas (II)

Dos lágrimas se derraman por tus mejillas. Son diamantes de navidad. Te preguntas mil veces por qué lo haces y mil veces te respondes que no lo puedes evitar. Se lo recriminas a la llegada de las fiestas. Dices que estás más sensible, más tierna. Pero unas veces se debe a ellas y otras a los exámenes o a simples preocupaciones. Quieres crecer, madurar, pero en realidad te gustaría volver a la infancia.

Te obsesiona ese tema. Has perdido la inocencia y no sabes donde buscarla. Pero no puedes parar. Levantas piedras, mueves montañas. Y si pudieras, vagarías por el horizonte saltando de estrella en estrella. Te da miedo seguir así. Te da miedo no alcanzar lo que buscas. Lo notas, lo hueles, lo oyes, incluso lo ves, pero jamás lo saboreas.

Casi te has rendido entre tanto empeño. Pero parece que el ímpetu con el que anhelas suele ser más fuerte que tu indecisión. De repente te desmoronas. Pasas semanas enteras sin escribir pensando que jamás recuperarás los dones perdidos y cuando te vuelves a sumir en la euforia de tus palabras temes que vuelva a repetirse el ciclo. Nunca lloras, pero tanto miedo te da el abismo que a veces ni siquiera pronuncias palabras. Y entonces culpas a la gente, a tu entorno, a la vida.

Nunca había visto a nadie tan insatisfecho. Encuentras el placer en los lugares más insospechados (y en los más corrientes, por supuesto) Pero sientes que la desesperanza te persigue. Y te das cuenta de que, en realidad, la culpa de todo sólo la tienes tú. La gente que te rodea cree que eres buena. Es cierto, lo creen. Pero en realidad no saben, ¿verdad? Siempre se te dio bien maquillar tu máscara. Recuerdo que durante el tiempo que pasé contigo me maravillaba la sutileza con la que decorabas el disfraz. Siempre me pareció una cualidad innata.

Ahora te encuentras atrapada entre paredes de cristal. Vives en un bonito palacio dotado de grandes lujos y de hermosas obras. Me recuerdas a la reina de las nieves. Siempre has sido tan delicada, tan frágil, de facciones tan suaves y perfectas. El castillo, sin duda, está hecho a tu medida: demasiado espacio, demasiada frusilería. Frío y acogedor. Apacible. Recibes muchas visitas y sólo yo sé que podrías prescindir de casi todas. Resulta que tu cálido frescor atrae a muchos visitantes. Pero sólo hace eso, atraerlos. Y tú siempre quieres más, ¿no? Por eso vives en el ártico, porque su amplitud te reconforta. Te recuerda que lo sublime y lo eterno son conceptos que sí que se adecúan al universo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Silencio

En el primer acto nos percatamos de que hace tiempo que sucede. No importa el lugar en el que estemos. Podemos ir a la playa y jugar a hacer castillos en la arena; soñar que el mar nos obedece o creer que en vez de flotar volamos sobre las olas. Podemos ir al parque y subir a la montaña rusa y creer que el vértigo de la vida nos provoca esa sensación que nos inunda; aferrarnos a las tazas y, entre vuelta y vuelta, soñar que somos tan importantes como los planetas y, que sólo la gravedad impide que dejemos de rotar. Podemos quedarnos en casa y cocinar, y sentirnos pequeños prestidigitadores que de unos cuantos huevos, harina, leche y azúcar crean un magnífico pastel; o ver una película y enamorarnos de imágenes que creémos como una prolongación de las vivencias que nos sucedieron años atrás; o dormir y reinar sobre un pequeño espacio del universo, del que nadie puede escapar y de quien nadie es dueño, nuestro sueños.

Sin embargo, hace ya tiempo que sucede. Tiempo hace ya que perdimos el interés por nuestros pequeños logros. Los nuestros. Y ahora sólo nos queda el silencio. Silencio... nada. Un agujero, nego y absurdo. Arrogante. Que se lo lleva todo. Y somos conscientes de nuestra insignificancia, de su magnitud y de su cercanía.¡Cuánta impotencia! Y en el segundo acto la protagonista es la verdad. Y todo lo que atribuímos a esa unidad cambia y fingimos que sigue intocable, intachable. Sabemos que no es así, pero la ilusión de una ilusión nos puede. Y cuando sucede, cuando ya no podemos negar nuestra vulnerabilidad, pero todavía podemos esconderla, empieza el tercer acto, con una esperanza nueva. Regalo de alguien, en algún momento, en un tiempo determinado pero ya pasado, demasiado lejano para que sea recordado pero, sin duda, realizable gracias a nuestras toscas manos de ser humano.

Y el acto cuarto es el mejor. En él se unen realidad, verdad y esperanza y comienza la lucha. Suele ser una escena sangrienta de una fuerte carga sensitiva. Sólo los más sinceros la superan. Quienes no poseen esa cualidad acaban como Romeo y Julieta, quitándose la vida. Para aquellos que admiréis su hazaña, olvidad el halo romántico de la historia: morir apuñalado no es idílico sino lento, doloroso y cruento. Aún y así, cada uno decide su destino.

No siempre hay un quinto, aunque siempre es el más relevante. Si lo observáis por separado y haciendo una lectura plana, podéis confundirlo con el primero. Porque, de nuevo, reaparece la figura más importante: el Silencio. Pero esta vez, si váis más allá, no será un momento de crítica o reprobación. Será el instante en el que la Verdad se os presentará como la esencia de vuestras vidas, como la realidad que, por fin, aceptaréis como ineludible. No querréis cambiarla porque será esperanzadora en vez de oscura. Y salpicaréis toda la escena de aceptación. Sentiréis sosiego. Y por fin, después de muchos años, se encenderán las luces. Es probable que el patio de butacas esté casi vacio. Quizás veáis un par de personas en la platea y, los más osados, seguro que se descubrirán de pie, excitados, en el palco de honor. Nadie sonreirá, pero el telón ya se habrá abierto.

martes, 3 de noviembre de 2009

El ser humano, el dios moderno

Tantos años para creer que la tierra forma parte del sistema solar. Y tantos años para percibir y comprobar que sigue dos movimientos, una elipse en torno al astro rey y un movimiento rotatorio sobre sí misma. A los sabios les parecía una teoría forzada. Ellos sustentaban que el círculo era la forma más perfecta y que por ello todo debía seguir su causa. Lo interesante es que tampoco andaban muy desencaminados. Para qué un círculo si se pueden tener dos. Ahora ya no nos sorprende tanto. Es un conocimiento más. Pero claro, ahora no hay nada que nos sorprenda mucho. Tampoco nos preguntamos demasiado. Vemos el cielo, las nubes, el mar, y no nos interesa lo más mínimo a qué se debe su apariencia, su color, su forma. Y olvidamos que los grandes filósofos enunciaban sus teorías a partir de la mera observación.

Yo tengo muchas teorías. Las nubes cambian de color según la luz que se refleje en ellas. El ser humano organiza su vida en torno a las horas de luz por una creencia de mayor productividad, el mar es un reflejo de los cielos. Y me pregunto, como los antiguos, si el sol no será el dios más grande y más fuerte. En toda cultura siempre ha sido su sino. Excepto en las más jóvenes. Antes había dioses para todo. Y la gente era más feliz. Siempre sabían a quién encomendarse. Porque desde luego, el ser humano no ha cambiado mucho. Sigue acudiendo a algo más abstracto que él, para todo. Cuando se siente sólo habla del amor. Cuando está triste de soledad. Cuando se siente oprimido de libertad. Pero cuando sabe que le falta algo no habla de conocimiento. Habla de dios, no de saber. Y, a medida que pasa el tiempo, refuerza su teoría del más allá. Se queda tranquilo si cree en su eternidad. Pero, la verdad, ¿quién quiere eternidad? Nuestra especie es la más joven que puebla la tierra. Y, por el camino que vamos, no vamos a durar mucho, y menos una eternidad. El ser humano sólo habla de abstractos por miedo. Por miedo a su propia desaparición.

Con lo cual, la raza humana es una raza cobarde preocupada por todo lo que no puede controlar. Que en su totalidad es incontrolable. La fuerza de la naturaleza es demasiado aleatoria. Por supuesto también responde a razones. Pero en nuestro afán por divinizarnos, por actuar como (creemos que actúan) nuestros propios dioses, perdemos el respeto por todo aquello que responde a causas en relación causa-efecto. Estamos tan convencidos de nuestra propia fuerza que pretendemos someter la libertad. Y no sólo la de la naturaleza, también la del ser humano. Y yo me pregunto ¿de verdad somos tan estúpidos? La respuesta es evidente.

Después de diez mil años de historia llegamos a la conclusión de que seguimos una evolución cíclica. Al final siempre, en nombre de los buenos valores, los de libertad e igualdad, en nombre de dios, coaccionamos la de los demás. En el mejor de los casos lleva a unas pocas muertes, en el peor, a masacres y destrucción de la cultura. Y, a riesgo de ser insensible –cuanto menos- la muerte forma parte de la vida, pero ¿la destrucción de la única prueba de la evolución del hombre? O es que el hombre, en realidad, no evoluciona. Pienso que, a pesar de los avances en la técnica todavía no ha comprendido su propia esencia. La naturaleza puede ser caprichosa, pero al menos no trata de perfeccionar su crueldad. Y ya que el homo sapiens se jacta de su superioridad ante el resto de seres vivos, lo mínimo es tener consciencia y no sólo conciencia.

Por supuesto, la idea de un dios no es incompatible con el conocimiento. Pero que no se use su nombre para cometer las atrocidades propias del ser humano. Siempre creí que éste, en esencia, era bueno. Que compartía un lazo con su entorno. Y ahora considero que no lo es tanto porque, en sus delirios de grandeza, lo único que consigue es dañar ese contacto. No se da cuenta de que sólo porque esté perdiendo no significa que esté perdido. Tiene todas las armas para encontrarse. Que se detenga. Que se dé un minuto de silencio por respeto a sí mismo. Que piense, por dios, que piense. Y que comprenda las consecuencias de sus actos, que por muchos dioses que haya, ellos sólo son una sospecha, real o no, a elección de cada uno.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Las dos miradas (I)

Nos encontramos en una habitación azul-aguamarina. Es bastante grande aunque de aspecto sucio y descolorido. Hay una inmensa ventana que llena la totalidad de una pared. Al otro lado del ventanal hay una cama de sábanas blancas y desorganizadas. De hierro macizo y aparentemente muy pesada. Al lado de la cama hay un escritorio y una silla. Ambos de metal también. El armario está en frente, justo al lado de la puerta y está cerrado con llave. Me sorprende que todo en el cuarto esté atornillado al suelo, pero a ti no parece importunarte.

Cuando te conocí me maravilló tu falta de presencia. Esa sensación que dabas de estar sin estar en un lugar. De que tu cabeza vagaba por la inmensidad del universo, contando estrellas o barajando posibilidades. Eras de un perfeccionismo casi inhumano. Y te juzgabas con tanta dureza que parecía que odiaras la autocontemplación. Yo provenía de una familia demasiado rica, demasiado interesante, demasiado atrayente y demasiado influente. Y odiaba esa necesedad de oir alabanzas cada pocos minutos. Salíamos y eras mi  diosa, siempre más divina que humana. Un distanciamiento elevado, de intelectualismo forzado procedente de los pensamientos terribles y aleatorios que todo sujeto pensante tiene y que pocos expresan.

Todo fue tan fortuito que incluso tus pensamientos cobraron una suerte de realidad. ¿Verdad? Y siempre habías sido un poco seria, pero no tardaste en ser una persona triste. De los pocos amigos que no consiguieron  vencer tu distanciamiento comprendieron su significado, y se cansaron de incluir en ti algún pensamiento iluminado. Iluminado por la luz, por la alegría que ya no tenías. Todo se había convertido en oscura desesperanza. Pronto comenzaste a proferir breves murmullos. Cuando no dormías, dormías demasiado. Y en las pocas palabras que articulabas oíamos la imperante necesidad que tenías de estar sola y la culpabilidad que sentías por todo lo que te sucedía. Me decías que luchabas en una guerra que no ibas a ganar y que yo figuraba en ella y también perdería, por eso tenía que marcharme.

No recuerdo cuál fue el instante que lo cambió todo. Qué cambió nuestra cálida habitación dorada por el frío aguamarina. Cuándo substituyó tu perfeccionismo a tu clara ansiedad por la perfección. Cuando todo se volvió tristeza y miedo por la tristeza y certeza de tristeza. Siempre eterna, como tus pensamientos. Siempre presente, como tus ansiedades. Siempre he sospechado que la absurda magia de la que te hice portadora era una enfermedad que no te regalé yo. Aunque es probable que la propiciase. Y qué duro se nos hace. La consciencia es un dolor perturbador, ¿verdad?. Aunque para ti suponga también un poco de apatismo.

He leído en algún lugar, pequeña, que no siempre estarás así. Que aunque tú veas un mundo negro éste no pierde su luz. Que sólo en el juicio final se apagará el faro del sol, o de la luna, y nos sumergiremos en la oscuridad que imaginas. Porque en parte es imaginada. Por eso me cuesta compartirla, porque quizá la atisbo, pero no me corroe la piel, ni el alma. Pero sé que piensas que no te comprendo. me dicen que a veces lo repites como una letanía. Y que hablas de la muerte, que es casi tu tema central. También me dicen que ni duermes, ni comes, ni apuestas por la medicación. Y me extraña, ya que estudiaste medicina. Tú sabes mejor que nadie que es un desequilibrio del cuerpo, también. Y tu fatiga constante debería darte datos lógicos, racionales. Aunque me cuentan que ya ni escribes, ni lees, que te cuesta mantenerte quieta.

Sin embargo, ahora, en esta habitación extraña, estás sentada, en el borde de la cama. Te incorporaste al verme entrar. Pero no has proferido discurso alguno. Llevamos aquí dos horas y sólo he hablado yo. Te he ofrecido salir a pasear. Tenemos la playa al lado. Pero me constestas con monosílabos. Sé que estás enfadada conmigo. Pero saldremos de esta. Vayamos a pasear, Laura, de verdad. Salgamos al sol. Sólo quiero que sientas la luz ya que no la ves. Te invito a hundir tus delgados pies en la arena y, quizás también en el agua. Me han informado de que éso te viene muy bien. Hazme este regalo, cielo, regálame tiempo, dame esperanza.

sábado, 24 de octubre de 2009

El fin de una era

Te han visto llorar. Cuando me lo contaron me pareció increíble. Una mujer nunca llora, decías. Y una señora lo hace en privado. Y a mí me maravillaba esa capacidad tuya. La de mantenerte distante a cualquier acontecimiento de tu entorno. Eras el símbolo de la perfección. Eras la perfecta mujer de los cincuenta. Y te han visto llorar. Por fin. Al fin te concediste un poco de humanidad. Y me alegro tanto por ti que no me salen las palabras. Ya no te regocijas en la imagen de chica dura. Ya no explotas la imagen de mujer independiente.

Comprendo que en los tiempos que corrían tú no te sentías cómoda. La mujer nacía y crecía para ser esposa y madre. Y tu siempre preferiste aprender. Decías que no eran incompatibles, que se podían hacer ambas cosas. Pero a tus pretendientes les incomodaba la idea. Al principio, cuando dejabas las cosas claras, ¡les parecías tan interesante! Creían que era una postura. Y al final siempre te acababan dejando. Y tú, que casi siempre vivías de ilusiones, te desmoronabas.

Lo hacías, pero jamás derramaste ni una gota por ellos. No te merecían, decías. Ni siquiera eran dignos de respeto, decías. Luego conociste a Eleonor y comprendiste un pedacito de mundo. Te lanzaste al vótice del conocimiento. Aprendiste historia y literatura. Y filosofía y arte. Pero sobretodo arte. Siempre contabas que en cualquier ciencia hay un antes y un después. Igual que lo había en tu vida. Primero había habido un algo, los hombres y la antigüedad y, tras ello, Eleanor y tu todo. Decías que no la amabas. Decías que era sólo una cuestión de significado (siempre les dabas demasiada importancia, en mi opinión). Decías que ella era tu Jackson Pollock. El interminable goteo interno de las acciones.

Pero te vieron llorar. Y no fue en privado. Fuiste a aquella exposición de la que tanto me habías hablado. Te habías comprado un ceñido vestido rojo. De esos que se llevaban entonces. De los que se ataban al cuello y mostraban un escote de vértigo. De los que marcaban el talle y después se convertían en aire. Te habías gastado la mitad de tu sueldo en el traje y la otra mitad en los zapatos. Cuando te reprendí me dijiste que una chica siempre debía dar buena imagen. Que no iba a aparecer en un acto social con un vestido informal, de a diario, dijiste. Y yo ¡qué te iba a decir! Adoraba verte así, tan feliz.

Fui como tu acompañante, ¿lo recuerdas? Pero tuve que marcharme pronto por culpa del maldito accidente. Insististe en que debías quedarte. Que Eleanor te llevaría en coche cuando acabara ese teatro. Te imaginé mientras operaba a las víctimas, hermosa como ninguna y sonriente. Paseándo entre las pinturas con aire de princesa intelectual. Y cómo me arrepentí siempre de no haberme quedado. Cuando llegué a casa tu no me estabas esperando. No volví a saborear la excitación que sentías cuando algo había salido tal y como deseabas.

Después de buscarte en el trabajo y en la universidad ya no creía en la esperanza. Incluso llamé a Eleanor. Ya sabes que nunca fue de mi agrado. No me dio pista alguna. A las pocas semanas llegó tu carta. En ella decías que me admirabas y me respetabas, pero que no podías volver. Luego supe de tu llanto y lo comprendí un poco. Al final resultó que sí la amabas, tanto como al arte, aunque ella a ti no más que a otra amiga. Y por circunstancias del destino conociste al único hombre que te lo hubiera permitido todo, pero jamás sentiste amor por él. Sin embargo, princesa, quiero que sepas que no te guardo rencor. El amor es cosa de dos, decías. Y yo siempre dije que era respeto y también comprensión.

jueves, 22 de octubre de 2009

Entre el yo y lo demás

Soy como los demás. Como los demás. Pero, ¿los demás cómo son?

  • Vale, todos nacemos siendo inocentes. Esa inocencia da una riqueza emotiva enorme. Todo es sorpresa. Todo es nuevo. Y eso lo perdemos con los años.
  • Vale, todos nacemos siendo buenos. De verdad, no de esa manera retorcida y manipuladora que algunos desvelan al mundo. Luego llega la consciencia y las decisiones y siempre podemos elegir entre una buena opción y otra menos buena. Y eso nos hace mejores o peores. ¿Pero malos?
  • Vale, cuando crecemos, como intento de adultos, buscamos modelos de conducta. Los situamos en un alto altar y hasta que se caen. Nos decepciona el fallo, las equivocaciones, observar que son como todos los demás humanos que pueblan la tierra.
  • Vale, todos crecemos y, mientras lo hacemos, buscamos encajar en el mundo. Todos buscamos una posición que nos resguarde del resto de la humanidad. Aparece el sentido del ridículo, la vergüenza por ser uno mismo, la necesidad de englobar y etiquetar a todo ser viviente dentro de un grupo o sociedad. Surje la consciencia pura del "yo" individual y de "los demás" y tratamos de erradicarla.
  • Vale, ese conocimiento nos inunda. Pero aún y así tratamos de mantenernos a distancia de la muerte de nuestro "yo". Buscamos en el mundo una respuesta. La manera de evitar esa parte que nos anula y nos socializa del todo. Y llegamos a la conclusión de que haríamos cualquier cosa por preservarnos a nosotros mismos. Y dudamos. ¿Es egoismo o supervivencia?
  • Vale, sospechamos que es egoismo. Y nos preguntamos seriamente si somos buenas personas o todo lo contrario. Nos analizamos. Hacemos una introspección y observamos que es imperante ser sinceros con nosotros. Nos damos cuenta de que la sociedad nos obliga a decir medias verdades. y una vez más renegamos de nuestra parte social. Y con un poco de suerte, conseguimos vernos como somos, sin mentiras piadosas.
  • Vale, nos da miedo descubrir que somos mediocres. Tan humanos como todos los demás. Tan hipócritas como el resto de la humanidad. Y si lo hacemos, quizás nos mentimos. Pocos tienen suerte y se reconcilian con esa idea.
  • Vale, nos equivocamos. Erramos en nuestras decisiones. Y nos juzgamos. Y nos redescubrimos. Y sí, somos egoístas. Y mediocres. Y como el resto del mundo mundial. Y nos sentimos aliviados. Y nos provoca tristeza. Y nos decepciona la idea. Y no sabemos como vivir de esa manera. Y pensamos que estamos solos. Porque somos peores que hace unos años. No queremos que nadie se de cuenta. Y mentimos. Y nos engañamos.
  • Vale, decidimos ser sinceros. Pero nos da miedo la opinión ajena. Y decimos verdades a medias. Y nos cuesta decir verdades puras. Y nos sentimos distantes, insensibles al mundo. Somos conscientes de nuestro "yo" pero renegamos de él. Decidimos ser como los demás. Sin más. Así parece que seamos mejores.

Y llega ese día en que sabemos cómo son los demás. Igual que nosotros, ni más ni menos. Y nos damos cuenta de que hemos cambiado. Sin embargo, ese cambio sólo lo notamos nosotros. Y rezamos para no ser el modelo de nadie. Para no decepcionar a nadie más.

lunes, 19 de octubre de 2009

La insignia de poder

Uno de mis dos hijos medianos, el quinto, toca la zampoña. Es el típico adolescente pro paz. Sólo come vegetales, o sea, frutas, hortalizas, legumbres y verduras. También semillas. Sustenta que no quiere dañar el mundo. Que ya está bastante embrutecido por el ser humano.

Pero un día, el carnicero del pueblo, le echó en cara su empecimiento hacia él. Se fórmo una trifulca bastante seria. Éste para la aldea es importante. Elige las piezas que nos proporcionan una comida variada. Las caza. Las desangra y las ahuma. Las despelleja. Despieza al animal y cocina la carne. Y nos la raciona. (Aunque nunca falta) Y mi hijo, que ve la matanza como algo antinatural, se lo dijo a la cara.

Lo que pasó fue lo siguiente. El quinto se convirtió en el aldeano en discordia. Increpó al carnicero y a su noble trabajo. Él se enfadó y se rió de mi hijo. Mi hijo se hartó de controlarse. (Siempre ha sido objeto de burla en la aldea) Se lanzó contra él. El otro lo agarró por el percuezo y le explicó que al no comer carne, jamás ganaría ni al más tierno conejo. Y cuando toda mi prole estaba a punto de lanzarse contra el carnicero, apareció el druida.

El druida habló de sentido común. Obligó a todo el pueblo a personarse en la plaza central. Les puso en antecedentes acerca de la situación. Les comentó que nunca, en la aldea, se había permitido tal demostración de violencia fraterna. Porque todos y cada uno de los vecinos están unidos no por lazo de sangre, sino por orgullo patriótico. Tras esto, se dirigió al carnicero y al vegetariano y les dijo que su problema debía ser solucionado. En ese mismo instante.

Uno propuso solucionarlo con la caza de una liebre y el otro con una demostración de destreza musical. Y el sabio decidió que lo haría con una prueba de puntería. Que sólo el más puro y sincero ganaría. Que esas eran condiciones indispensables para poder usar un arco. Y que el que ganara se quedaría para siempre con una insignia. Con el astrágalo ancestral.

sábado, 17 de octubre de 2009

Amor, amor.

Siempre te vas y yo sigo esperando tu vuelta. La mayoría de veces se me hace eterno. Y todas se me hacen incómodas. Y pienso en el amor. Es incómodo. Claro que además es otras muchas cosas. Es difícil, esforzado, pesado. Es demasiado negativo, de vez en cuando.

Yo nunca te pido que te marches. A pesar de todo. Me gusta tenerte cerca. Tu piel siempre es más cálida que la mía. Tus labios siempre son más insistentes. Tus manos siempre más precisas. Tu mirada es más fija. Tu sonrisa, perfecta.

Quizás mi amor se deba a tu absoluta humanidad. No digo que yo lo sea menos, humana, quiero decir. No. Lo que digo es que suelo pensar tanto que me pierdo muchas cosas. Cosas normales. Como sentir. Mi corazón siempre pide permiso, ya sabes. Es un engorro. A mí me gustan los conceptos. Todo lo abstracto no pone límites a mi cabeza. Pero soy tan... imprecisa que adoro a ambos. A los límetes y a lo abstracto. Qué absurdo.

Y siempre te vas. Pero vuelves. Y siempre te espero. Con impaciencia. Y siempre deseo. Deseo. Preciosa palabra. Que no sólo hace que agradezca la presencia de tu piel, tus labios, tus manos, tu mirada y tu sonrisa. También hace agradable cualquier aspecto negativo.

Y no tengo ni una duda. Lo negativo es necesario. Como lo placentero. Cualquier concepto debe ser definido. Y las definiciones siempre tienen perspectivas. Y como lo mío es lo abstracto, lo acepto. El amor es una arma. De doble filo.

lunes, 12 de octubre de 2009

Suicidio social (III)

Cometemos demasiados errores. Nosotros. Y no logro comprender a qué viene tanta imperfección. Sobrevolamos la vida y, sin embargo, cometemos errores. Yo lo hago. Y después siempre es demasiado tarde para volver atrás. Luego no hay solución que valga.

Antes lo quería perder todo. Soñaba con el mar. Despreciaba mi poder. Me costó comprender que todo lo que tuve lo gané. Yo. Porque ¿qué es sino, el trabajo, que una manera de reafirmarnos?

Ahora me encuentro donde quería. En una bonita casa en la costa mediterránea. Estoy donde quería y no soy nadie. Sólo el rey que fue destronado. Sin trabajo. Uso mi nombre por primera vez en cincuenta años. Utilizo un nombre que ni siquiera es el mío. Uno que nadie conoce. Pero eso es lo que tiene el deseo. Su realidad.

Tengo el velero que quería, aunque el mar no me atrae. Se me antoja una inutil y cambiante mancha colorida. Lo inunda todo. Pero no llega a mí. Aunque es lo de menos. De más es que todos aquellos que me apoyaban en mi viaje hacia la esencia de las cosas se han marchado. Dieron su voto a otro. A un chiquillo maleable. Supongo que eso les pareció más interesante.

Lo he perdido casi todo. Y es más doloroso de lo que imaginé. Pero se ha esfumado. Ya no puedo recuperarlo. Y aunque lo desee, sé que no merece la pena. Soy viejo. Mi corazón es frío y duro. Mi mente, retorcida. Mis deseos, vanos. Mis pasiones, despreciables. No hay bondad en mí. Yo la destrui. Y ahora, sólo recojo lo que sembré. Para mí y para el pueblo. Aprendieron erróneas lecciones. Y ahora me toca a mí.

Firmado, Lauro.


miércoles, 7 de octubre de 2009

Suicidio social (II)

Estoy a la espera. A la espera de unas palabras que no llegan. Y es probable que no lo hagan. Recorro bibliotecas y librerías. Esperando a ver si las veo. Sé que tengo que aguardar. Con los ojos como platos. Dispuesto a saltar con los brazos abiertos, para que nada se escape.

Pero mucho me temo que éso hizo, escaparse. Se deshizo el final imaginado. Ése que esperaba con pavor. Los grandes sucesos, imagino, siempre son improvisados. Y es que, a mí se me escapan tantas cosas. (Aunque ya no sé bien si se me escapan o huyen de mí) Mi vida es demasiado líquida. Sí, líquida. Porque no es como un gas que se expande y lo llena todo, es más como algo que se derrama, lo empapa todo y luego se desvanece. Para siempre.

Y sigo leyendo. Ya no es placer. Ahora es desvarío impropio. Incluso he releído todo lo que devoré desde mi infancia. Creo que le han puesto mi nombre a alguna mesa de esas que suelo ocupar. Porque soy un acosador del tiempo. Del tiempo y de la palabra. Puedo concluir que he hecho de esto mi trabajo. Aunque haya aprendido demasiado.

Ya no creo en tu amor. Creo en el mío. Por eso busco las palabras que me devolverán (probablemente) lo que perdí. Agradezco comprender que los errores son cosa de la naturaleza. De la humana. Y que muchos perdieron su camino antes que yo. Pocos lo escribieron. Y los que lo hicieron no narran la senda de expiación.

¿Será ésta la mía? Peregrinaje literario.

lunes, 5 de octubre de 2009

Suicidio social (I)

Carta de suicidio,

Un lugar ideal para vivir es la playa. Esas zonas costeras en las que delante tienes el mar y a tu espalda queda la montaña. Éso sí es un buen lugar para comenzar una vida. Flora y fauna, toda la que quieras. Un ecosistema rico. Si lo que buscas es calidad de vida, allí tienes que ir. Y si elijes la costa mediterránea, mucho mejor. No sólo tienes la situación ideal, también el clima perfecto. Es muy probable que, tras crear mi vida sobre esta base, no me marche jamás. Sería absurdo. No hay sitio mejor. Me gustaría describir la vida aquí, en el pueblo de costa, pero mi capacidad inventiva últimamente ha mermado y forzarla sería demasiado forzoso. Aún así, no me privo de intentarlo.
Aquí, el mar es una gran laguna. Suele estar en calma y no hay otra cosa que ése intenso color azul-verdoso. Y el horizonte. De vez en cuando, el pacifismo del mar se ve enturbiado por enormes barcos de carga que van y vienen del puerto. O por algún piragüista o remero que quiere disfrutar de tanto azul. Mis días preferidos son los de sol, porque a mí me afecta mucho la luz. Si no hubiera estudiado biología creería que necesito hacer la fotosíntesis. A pesar de éso, mi color preferido es el gris, intenso. El de los días de tormenta. Que son pocos pero alivian. Los que son insoportables son los de llovizna, porque suelen venir acompañados de más días mojados. Y como ya he dicho, la luz me afecta. Es extraño que las plantas, necesitando luz, tengan mejor aspecto cuando no la hay. Pero claro, nuestros conceptos de iluminación óptima no son los mismos. Ni siquiera se parecen.
Pero, de todas maneras, quiero un velero. Ya no un yate. Con un velero me conformo. Imagínate. Todos esos días disfrutando de la libertad del agua. De una fuerza superior a la tuya. Con la que no puedes competir. A la que no puedes controlar. Y aún y así, no importa. No es Dios. Sólo es algo grande. Muy grande. Que tiene más fuerza que tú. Pero que no es ni omnipotente, ni bondadoso, ni furibundo, ni nada. Sólo es naturaleza. Muchos la consideraron diosa. Yo sólo natural. Las gentes de costa, antes, creían en diversos dioses. Como la mayoría de las antiguas civilizaciones. A veces me pregunto si el mundo moderno se fundó en ese cambio. En el del monoteísmo, la monogamia, la jerarquía social, el más fuerte. Porque habría sido mejor si hubiera sido el más listo, o el más bueno, o el más justo. Pero no. El más fuerte. Porque, aunque rehuimos de la naturaleza, hacemos como ella. Gana el fuerte, el débil muere o sale malherido, o desaparece sin dejar huella. Como el politeísmo. Ganó aquél que lo tuvo todo, todos los poderes, toda la fuerza. Ganó uno solo, sólo uno ganó. Y el mar triunfa tantas veces que es imposible no rendirse a él. Por eso quiero un velero. Para sentir que no tengo la fuerza.
Dicen que es un tanto freudiano que el poderoso busque perder su poder. Al menos eso indica que no soy avaricioso, –o que estoy traumatizado-. Puedo desprenderme de mi corona y seguir adelante. Quizás no sea más que mera ilusión. Quién sabe. Pero me gusta creer que es así. Sé que hay muchas cosas mucho más importantes que todo lo que tengo, que es mucho. No quiero dinero, no quiero frivolidad, no quiero éxito, no quiero reconocimiento ni fama. Quiero lo que la vida realmente es. Un intercambio de preguntas y respuestas. Eso es lo que yo quiero.

Dixit.

El rey.

sábado, 3 de octubre de 2009

Lo que preocupa de la aldea

Mi hijo pequeño es un ser noble. Tiene todas esas virtudes que desean las personas frívolas. Lo que mejor le describe es la eutropelia. Porque todo lo llena de templanza y honestidad. Sus momentos de ocio y todos los demás.

Sin embargo, a veces, no encuentra en los demás jóvenes el apoyo que necesitaría. La aldea, de vez en cuando, es un mundo demasiado cerrado. Por eso no termina de crecer. Por eso sigue siendo un joven. Pero tuvo la suerte de nacer el día de la Buena Estrella. La festividad de la Estrella Brillante. Lo que le ayudará en su futuro.

Aún así, a su madre y a mí, nos preocupa que, al no sentirse comprendido, no sea capaz de destruir su cobijadura. Es tan fácil amoldarse a los demás que al final puede resultar imposible ser uno mismo. Él chico no lo ve así. Pero si no sale a la luz, deturpará su personalidad.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Regalos de colores

Mi hijo mayor es posiblemente el bohemio de la aldea. Construye cosas él. Cosas varias. Unas veces hace sillas, otras edificios, otras pendientes o prendas de ropa. Es un constructor. Y un instructor. Todos los chiquillos de la aldea se le acercan. Se le dan bien los niños.

A ellos les gusta porque zambuca objetos entre sus inventos. Y a los crios éso les gusta. Les atrae descubrir lo que esconde la vida. Son apasionados. Y así es poca gente. Así son los más jóvenes y algunos más. Pero pocos. A pocos les apasiona buscar por sólo buscar, sin que sea seguro un premio, una respuesta.

Pero mi hijo, el interesante, se dedica a idear. Pero oficialmente escaramuja. No le importa hacerlo. Dice que así mantiene la ilusión infantil. Dice que, podando los árboles y tratanto de que el fruto sea más jugoso, obtiene placer. Dice que le satisface saber que hacer bien el trabajo produce frutos con mejor sazón. Eso dice. Y a mí me recuerda a los niños. Porque realmente se sorprende cada vez que prueba un fruto. Cada vez que está bueno. Y se sonríe. Lo hace sabiendo que de todo se aprende.

Su mayor invento tenía mucho que ver con todo esto. Con los árboles y los frutos. Y con sus ideas. Construyó un edificio. Lo hizo cuadrado. Era un cubo perfecto. Lo hizo con setos. Se pasó dos años dejando crecer los arbustos. De repente, comenzaron a aparecer entre las ojas frutas rojas, verdes y amarillas. Al ser cúbico, tenía cuatro fachadas. Y cuatro hastiales. Y de cada hastial colgaba un melón a modo de gárgola. Parecía un juguete. A los niños les encantó. Era su caja de regalos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Soluciones en época de crisis

La época del tarquín siempre es una mala. Para nuestra aldea. Se inundan los campos y el légamo lo impregna todo. Lo peor es que, no sólo se echan a perder las cosechas. Las mujeres de la aldea entran en crisis. Se les estropean las randas de los vestidos. No se dan cuenta que es un baladí propio de nuestras tierras. Y que carece de importancia.

Los hombres son otra cuestión. Otra mucho peor. Se rinden el vino zamborotudo. Pierden la paciencia y no quieren esperar a que fermente bien. A su tiempo. Se convierten en bodoques. Dejan de ser productivos. Y no sólo perdemos las cosechas. Lo perdemos todo.

Gracias a los cielos -y a los aedos, que nos legaron su cultura- los ancianos, que ya han vivido innumerables situaciones como esta, toman las riendas de la aldea y, junto al druida, enderezan al pueblo como si fueran estroma. Se convierten en la trama del tejido celular de todos nosotros.

Lo primero que hacen para paliar la época de crisis es echar mano de la siringa. Bajo el mando del druida, se disponen a cortar el tronco de este árbol y extraen el jugo lechoso, que se convierte en goma de mascar. Éste, cuando se seca, produce ciertos efectos: sacia el hambre y la sed y agudiza los sentidos. Y la mente.

Es importante que se agudicen las mentes. Cuando uno se da cuenta de que su capacidad es amplia, desea explotarla. Y de eso se trata. No de ganarse el pan, no. Sino de que todos quieran salir adelante y sacar algo. De todo ello.

Y, como en época de crisis, muchos roban a muchos, los aldeanos procedieron. Ante todo, decían, lo nuestro es nuestro. No hemos trabajo para nada. Así que, las mujeres se pusieron sus pantalones de faenar, los hombres bebidos se bañaron en el lago. Los niños acudieron a sus padres para que les dieran órdenes. Los ancianos, cuando hubieron producido la suficiente dosis de goma de mascar para un par de semanas, apagaron los anafes, en donde habían creado la mezcla de jugo y menta (para dar sabor) y se dirijieron a sus plúteos.

Nadie mejor que los mayores sabe que, las soluciones, con frecuencia, se encuentran en los libros. En la historia. Sólo hay que buscar símiles de la situación. Causas y consecuencias. Errores pasados. Errores presentes. Evaluarlo todo y actuar en consecuencia.

Así, mientras ellos estudiaban las palabras de antaño, los hombres fañaron a los animales. Los niños, con las mujeres, fabricaron sogas para manear. No se sabía si a los caballos. O a las personas, teniendo en cuenta la furia de su empeño. Y se prepararon para entrar en guerra. No con ninguna aldea vecina. Sino contra ellos mismos. Contra su conformismo.

sábado, 19 de septiembre de 2009

De individuos pensantes

Al parecer, mi hija, la séptima, resultó ser una chica de gran idiosincrasia. Al final no llegó a ser druida. Cuando se encontró sola, en el bosque, decidió que éso no era lo suyo. La consecuencia fue evidente. El jefe de tribu dijo que no era socialmente productiva. Y es que, en una pequeña sociedad, los rasgos distintivos y propios de un individuo no deben remarcarse. Demasiado.
Siempre pensé que al mundo le vendrían bien individuos pensantes. No me ayudó a ganarme el puesto de Sabio. Claro está. Porque los requisitos no eran sólo intelectuales. No se trataba de aprender a mezclar plantas, de llevar a cabo uniones. Se trataba de decidir, por y para el pueblo. Y tenía claros mis objetivos.
Yo, que había tenido ocho hijos. Que los había educado a todos. Que había estudiado. Que me había formado. Que había dado todo lo que pude -y lo que supe- a mi gente. Yo, que únicamente quería mejorar el mundo. Que quería hacer algo grande. Algo divino. Sin pisar a nadie. Sin menospreciar a nadie. Yo, que quería ser el dios de mi aldea. Yo, que quería que cuando hablaran de nosotros, nos simbolizaran con la cornucopia. Con el signo de la abundancia. Yo, que deseaba que todos satisficieran sus anhelos. A cualquier nivel. A cualquier precio.
Por supuesto, todos recibirían su bistrecha. Se necesita un incentivo para producir cambios. Aún así, sentí muchas veces que me traicionaban. Desde el tiempo más antiguo las poblaciones han pujado por evolucionar. Pero la mía no quería. Y el actual druida no comprendía que, cuando reprimes al pueblo, cuando lo suprimes, cuando lo tratas como "al pueblo" y no como a personas, el pueblo explota. Y, efectivamente, el pueblo explotó.
Y mi hija, la séptima, fue la primera. La que no quiso ser druida. La que quiso ser profesora. Mi hija, la séptima, fue la primera en reventar.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Un futuro nada incierto

Un día me desperté y no tenía nada claro. Sé que siempre he hablado de mi conspicuo futuro. Pero qué le vamos a hacer.
La cosa es que me casé joven. Empecé a tener hijos. Contraje matrimonio a los diecisiete años y tengo ocho hijos. ¡Ocho ya! Todos van a la escuela. La de aquí tiene recursos. No crean. Enseña a cada joven algo de provecho, según las funciones que tengan sus progenitores. Es decir, si el padre de uno es recolector de frutos rojos, el hijo lo será también.
De entre mis ocho hijos, ninguno quiere ser druida. Para muchos sería una decepción. Para mí no. La pena es que si llego a serlo, deberán pasar por la instrucción y la prueba de fuego (no sé si recordarán la pócima de los siete ingredientes) y eso puede destrozar a mi esposa. Imagínense que mueren todos. Mientras tanto, les enseñan a ser unos mandados. (siempre están con el "obedece, obedece" que a mi mujer le va muy bien) No crean. Si tuvieran que pasar por todo eso, estaría orgulloso de ellos. Por la valentía. Pero claro, nadie quiere presenciar la muerte de sus hijos.
Sé que no debería decir esto. Pero mi predilecto es el séptimo. (Este número siempre me ha dado suerte) Es una niña preciosa. No se parece mucho a nosotros. Pero tiene la viveza de su madre. Es algo proteica, un día quiere recolectar, otro limpiar, otro ayudar a los miembros menos dotados de la aldea y al siguiente decide seguir los pasos de papá. O sea, de mí. Sé que les resultará abstruso que primero les diga que no quiero que ninguno muera y depués que no me importaría que mi preferida pasara por la prueba. Pero es que es tan inteligente. Todo lo hace bien, la niña. No tendrá problemas para encontrar marido. Ni para llegar adonde se proponga.

Cuestión de conveniencia

Muchos piensan que mis aspiraciones son quínolas, rarerazas, extravagancias de un aldeano. A veces incluso yo lo dudo. Pocos creen que ir más allá de lo posible está bien. Y ahí radica mi decisión. No quise conformarme con ser lo que fui hasta entonces.

Mi mejor amiga, y la que se convertiría en mi esposa, era una mujer inteligente. No sólo era guapa. También era inteligente. Vivía en la casa de al lado. En la de la izquierda. Una igual a la mía pero con ella dentro. Tenía ambiciones. Eso me gustaba de ella. Siempre decía que quería marcharse de la aldea para irse al sitio que se llamaba ciudad.

Pero, como ya éramos pocos, a las mujeres no se las dejaba amigrar. Por lo de que ellas son el futuro y la vida. Como se quería ir traté de ayudarla. Inventamos mareas para que la repudiaran. Hicimos circular rumores. Destruímos cosechas. Incluso quemamos alguna prenda sagrada. Pero nada supuso un blasmo a ojos del druida. Éste sabía por qué lo hacíamos.

(Y aquí otra razón por la que había decidido que ése sería mi futuro: yo tendría en cuenta a los demás y por supuesto, sus anhelos)

Recuerdo que nos casamos porque el druida decidió que era la única manera de que se quedara. Y no fue una mala decisión. Ella siempre ha sido feliz a mi lado. Yo también. Lo que pasa es que no me dejaba ser druida. No pudo olvidar que la decisión del sacerdote fue el acento circunflejo que la obligó a quedarse. A ser menos de lo que podría haber sido. Y a mí me lo perdonaba, pero al druida no.

viernes, 11 de septiembre de 2009

De uniones

El problema de la aldea es que sólo somos un centenar. Es complicado encontrar el amor. Pero es curioso, a nadie le importa el carácter endogámico de nuestras uniones. E incluso, la mayoría de aldeanos sienten cierta aversión por los visitantes. Así que se casan entre ellos.

El rito lo preside el druida. Es una de mis funciones favoritas. A veces me pregunto si es lo que me llevó a desearlo con más fuerza. Lo de ser sacerdote, digo.

La manera es la siguiente: cuando la mujer llega a edad casadera hay que asignarle a un hombre. Éste no puede pertenecer a la misma familia, sino surgen problemas en el desarrollo del feto. Con lo cual, el Sabio busca a la persona adecuada. Éste, además, tiene que ser homólogo a ella así que se deben cubrir una serie de características. Por ejemplo: si ella es morena y menuda, él debe ser moreno y menudo. No suele ser difícil ya que todos nos parecemos un poco.


Antes de comenzar el rito se hace una fiesta. Ésta tiene un carácter determinante porque muestra cómo repercutirá en la aldea el matrimonio. No sólo tiene que ser solemne, también debe ser desopilante. Si sólo unos pocos se divierten, no habrá unión. Tiene que haber risas, muchas risas. El druida, para tal ocasión, se come el fulcro de la Silene. Su tallo produce somnolencia. Si al terminar la fiesta no se ha dormido, ya es buena señal.

El último requisito para que se efetúe el casamiento es el cántico. La pareja se sitúa en el centro de la aldea. Los demás se van a sus casas. Una vez todo ha quedado en silencio y únicamente se oye el murmullo del bosque, los dos comienzan a hablar. Al principio sólo es un breve sonido. Luego sus voces deben convertirse en una amalgama definida y nítida. Se cuentan el sentido de su unión. La razón, la finalidad de todo ello. Los que están en sus casas escuchan. Si les gusta lo que oyen, si las voces les resultan eufónicas, saldrán de sus casas y se reunirán en el centro del pueblo. Si no es así, no aparecerán.

Pocas veces no ha sucedido. La unión, quiero decir. Cuando el pueblo ha decidido, el canto no cesa. Continúa el druida con él. Comienza la celebración y, ésa noche, nadie duerme.

La importancia del orden preciso

Mi aldea es una pequeña. Apenas somos cien. Está situada en un claro y todo lo que nos rodea es bosque. Nuestra sociedad está jerarquizada. Y yo quiero ser la punta de la pirámide. En la base están los aldeanos. Luego los padres de familia y los jefes de aldea y por encima de ellos los druidas.
Yo quiero ser druida. Son sacerdotes y jefes supremos. Ellos mandan. A mí no me gusta que me ordenen. Es mejor al revés. Cuando me dicen que despeje la aldea de excrementos y despojos me molesta. Estoy por encima de ello. Así que tengo muy claro adónde quiero llegar.
Para serlo tengo que dominar una serie de técnicas. Pero antes, mi cuerpo tiene que estar en armonía con la naturaleza. Por eso llevo dos meses viviendo en el bosque. Sólo. Sin nada. Nada fabricado por el hombre. He vagado por todo el territorio. Un día llegué a los Montes de Arrée. Son preciosos. Descubrí muchas plantas que no tenemos allí, en la aldea.
Las técnicas que tengo que asimilar, en cuanto alcance la asonancia con el mundo, son diversas. La que más me interesa es la botánica. Permite hacer una serie de rituales que son de sumo interés. Como por ejemplo, contactar con los espíritus benévolos para que muestren el futuro. O hallar la dualidad animal a base de jugo del Narciso de Glénan.
La prueba de fuego es vivir la semana más dura de invierno en el bosque. Pero no es dura por el frío. La práctica que hago ahora es para dominar los instintos básicos. Lo más difícil es que el sumo sacerdote nos pide que encontremos siete -porque es el número sagrado- variedades de vegetales y que confeccionemos una pócima a partir de sus fulcros. El nardo marítimo, la yerba azul, el eringio marítimo, la drosera, que se alimenta de insectos, la silene y la armeria marítimas y, por último, el hinojo marítimo.
El orden a la hora de crear la poción es de extrema importancia. Y las medidas también tienen que ser exactas. Si se comete un error, por pequeño que sea, el jugo se vuelve deletéreo y podría morir. Y mi vida me importa. Por eso sólo hay un druida por aldea. Porque la mayoría se envenenan a sí mismos.

martes, 8 de septiembre de 2009

El Sicofante

*Dedicado especialmente a Sarracena, fiel a rumbofijado e impenitente proponiendo retos. (Mamarrrrrrg)

Una vez conocí a un artista que llevaba de equipaje un halo de antigüedad, conocimiento y misterio. Ese olor que buscamos en bibliotecas repletas y en playas desiertas. Era día de mayo en Milos. Adoro las islas griegas, especialmente las Cícladas, las del Dodecaneso y las Espóradas. Son buenas islas. No se puede decir tanto del clima. En mayo, puede amanecer azul y anochecer marengo.

El día que evoco fue un día bastante común. Me levanté para escribir un rato. Seguía trabajando en mi tesis. Llevaba trescientas páginas escritas sobre el Criselefantino y todavía no había hallado la manera de enfocar el misterio de los Nikés y la relación de todo ello con el Art Noveau. Así que, como ya era costumbre, procrastiné mis obligaciones intelectuales por otras menos enriquecedoras.

Una de ellas era estudiar la casa en la que habité durante ese periodo. Era de finales del siglo XVII, encarada al mar (la cercanía de Poseidón y el paso del tiempo eran mis aliadas) Jamás admití que vivir en un sitio sin grandes cantidades de agua era un fastidio para mí. Yo achacaba mis caprichos a la escasez de productividad literaria. (De cara al público, claro, especialmente al familiar) Así que vivía en una isla y en un anticuario.

Los días de tormenta el viento arreciaba y ése era mi castigo por elegir mi peculiar destino. Tenía que ser cosa de él que conociera a mí gurú personal en esas circunstancias. (Además, me vino como anillo al dedo, el artista) Azar fue que el desconocido se convirtiera en más que conocido y en cohabitante de mi humilde y atemporal idilio. Con él, experto en criselefantinas y yo de dicha corriente en el siglo XIX, logré encontrar la conexión que me faltaba. Sólo tuve que afrontar lo inaplazable: que el criselefantino del siglo XIX era un sicofante de la corriente original.
- Sicofante/Sicofanta (m) Impostos, calumniador

Qué fácil es ser raro

Todo el mundo conoce gente interesante, a diario. Aunque a mí no me sucede.

Viene una amiga, llamémosla X, y me dice que conoció a un chico en la barra de un hotel y que es lo más en interés. Además de ser interesante, me dice, a él le interesa. (Yo pienso... ¿qué le interesa exactamente?)

Mi amiga X está encantada. Pero no sabe si dejarle una nota en el hotel. Le digo que haga lo que quiera pero que, cuando conoces a un hombre en la barra del bar de un hotel no es el hombre de tu vida, y menos si éste se pasa parte de la conversación indicando que está solo, que sus amigos se han ido de fiesta y que tiene una habitación arriba.

Lo que más me preocupa de X es que es inocente-inocente. Para ella, todo el mundo es no sólo interesante sino también buena persona. (Yo pienso... ¿quién lleva cartelito especificando que es malo?)

Yo soy borde. Cuando un desconocido, en calidad de interesante, se hace el interesante y me dice: ¿cómo dijiste que te llamabas? o ¿nunca te han dicho lo guapa que eres? o ¿estudias o trabajas? pienso: ¿crees que eres interesante? (y digo: no te lo dije; ya lo sé, pero gracias; o estudio, que soy menor de edad)

A mi amiga le digo que no hay que buscar a nadie, que él te busca a ti (y pienso: ¿se lo creerá o es absurdo siquiera decirlo?) Pero de todas maneras, a su escasa edad ha perdido la esperanza. Dice que no hay chicos normales. Que son todos fruto de la mediocridad (con lo que estoy casi de acuerdo)

Y me pregunto: ¿tan raro es querer más? ¿Tan extraño es exigir(se) más? ¿Tan difícil es encontrar gente que también busque más?

Y pienso: no somos raros. Raros son ellos que se conforman.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La trucha

Olía a eucalipto, a hierba y a agua. Era agosto, la época de pesca de reos y truchas. Me encontraba en Asturias, metido hasta los muslos en el lago, el agua estaba fría pero la recompensa iba a ser prometedora.
Recordaba la primera vez que había pescado con mosca. Lo había hecho con mi abuelo. Una persona formidable. Era un hombre enorme, de pelo frondoso y ojos intensos. Recuerdo que olía exactamente a esa mezcla de eucalipto, hierba y agua y que mientras preparaba las cañas, se sentaba y me contaba todo lo que sabía sobre reos y truchas. Era interesantísimo.
Una vez me explicó que intentado pescar una grande luchó tanto con ella que resvaló doscientos metros por el lago y que él no se dio cuenta hasta que perdió la caña. Como era un hombre pobre no tuvo más remedio que perseguirla en una barca, a ritmo de remo, hasta que logró sacar el instrumento y al animal. Yo nunca me lo creí. Pero tenía esa mirada intensa y sabia que convence a cualquier niño (y que cuando no convence, haces como que sí, para que no se enfade)
Yo no quería que se enfadara. Y menos conmigo. Era tan grande que su sombra se podía comparar a la de uno de esos esbeltos eucaliptos. Pero cuando se molestaba ésta llegaba mucho más allá. Fruncía el ceño y los labios y sus ojos se tornaban oscuros y brillantes. Y yo me imaginaba así al Señor Scrouch, protagonista de aquel cuento de navidad que me contaba mamá para que fuera generoso. Y el abuelo me recordaba a él, cuando se enfadaba.
Así que cuando me contaba sus batallas con la trucha ponía cara de creérmelo de verdad. Aunque no era del todo mentira. Siempre pensé que se peleaba con las truchas, aunque ellas sólo querían desovar y seguir el curso natural de los acontecimientos de su vida.
Mi abuelo, a pesar de todo, era divertido. Me llevaba y me hacía sentir como si fuera mayor. Así que me sentaba a su lado, cuando él estaba sentado y lanzaba el cebo cuando lo hacía él y me metía en el agua aunque repeliera su frío contacto. Es curioso que de niños, todo nos parezca interesante. (Nota: luchar como el abuelo con la trucha para no perder el interés que se tiene de niño)
Un día ví un cuadro que podía representar al abuelo. Se trataba de la pintura de un lago, con eucaliptos, hierba y agua, casi se podía sentir su olor. Todo era verde y se notaba el frío que debía asediar al hombre que, semisumergido, sostenía su caña entre las grandes manos. Lo tengo colgado en la pared del salón.
***
El señor Scrouch murió en el lago, cuando finalmente una trucha dorada picó el anzuelo y no quiso morir. Mi abuelo, impenitente, no soltó la caña y dado que sus fuerzas eran pocas, se deslizó por el agua, caña en mano, hasta ahogarse. Gracias a Dios, la gran trucha murió también.

domingo, 30 de agosto de 2009

El buen teatro

Despertó creyendo que sería un día especial. Se levantó de la cama, pero esta vez no lo hizo con desgana. No sintió el cuerpo pesado ni la cabeza entre brumas. Dispuesta a todo, se vistió con el propósito de destacar entre los demás. Estaba decidida a que, nunca más, nadie le quitaría el protagonismo que le correspondía.
Entró en el aula con paso sereno. Ya no le daba miedo la clase: la gente ya no representaba una amenaza para ella. De pronto, se sentía indestructible. Los compañeros que siempre la habían despreciado fijaron sus ojos en ella, atentos, pero lo cierto es que no tuvieron coraje para mirarle a la cara. Todos se percataron de que ese día las cosas eran diferentes.
Reinó el silencio durante un breve instante que ella aprovechó para saborear la vida. Entró el tutor, que también la había mirado con desprecio. Ella vio secuencias de su vida, las sintió como si volvieran a ocurrir. El profesor pasó a su lado y ordenó a los alumnos que ocuparan sus asientos. Ella hizo caso omiso, subió a la tarima y comenzó a hablar:
-Vosotros, gente sin corazón, decidisteis ser lo que no debiáis. Optasteis por el desprecio hacia aquellos más débiles, hacia los menos afortunados, como yo. Con o sin palabras, deliberadamente, maltratáis a la gente que no pretende molestar a nadie, os entrometétis en vidas ajenas con el único propósito de hacer daño. Usáis la lengua para criticar a amigos y enemigos, os valéis de gestos y silencios para torturarnos. Pero llegó la hora de una venganza justa.
Lentamente introdujo su mano frágil y blanquecina en la mochila escolar y sacó un instrumento metálico que provocó gritos entre la treintena de adolescentes. Apuntó con el arma al alumno más cercano y vio en él la misma mirada que, tiempo atrás, había marcado su rostro, caracterizando sus facciones. Leyó el miedo en la multitud y cambio de idea. Con gesto sereno acercó el brillante metal a su sien derecha y, antes de apretar el gatillo, miró a los compañeros con los que había vivido los peores momentos de su vida. Con semblante frío, dirigió su rostro hacia el profesor y le preguntó:
-¿Cree usted que llegarán a ser mejores chicos?
¡Bang!
Silencio, expectación. Suaves murmullos comienzan a llenar el patio de butacas. Salen los actores, serios. Son alumnos de tercero y cuarto de ESO. Nadie aplaude, sólo observan y recapacitan. Después asienten, poco a poco, y comienzan a sonreír. Los aplausos son siendo atronadores.

sábado, 29 de agosto de 2009

Existo porque pienso y pienso por qué existo

Baudelaire decía que hay que ser sublime sin interrupción y yo de verdad que lo intento. Pero es que… no siempre es fácil. Sencillo es, por ejemplo, estar casi siempre monísima, pero ahí se acaba porque incluso, a veces, una no tiene remedio y no puede estar divina.

Me he dado cuenta tras este verano –y, en general, tras este último año- que más bien todo es una complicación. Y por eso he llegado a la conclusión de que el ser humano necesitar reciclarse. Un ejemplo claro lo tenemos en los días de Noche Vieja y Año Nuevo: todo el mundo hace un listado de “buenos” propósitos. Así que el mío lo escribo a finales de agosto y no constan en él empresas –aparentemente inalcanzables- como las de dejar de fumar o hacer más deporte. En el mío sólo hay una palabra escrita en mayúsculas: ORDEN.

Ayer discutía con una amiga al comentarle que me había propuesto escribir cada día. Ella, muy airada, me contestó que uno no vive si se obliga a hacer las cosas. Sin embargo, para mí no es ninguna obligación, es más un tema de exigencia. Si puedo hacerlo, por qué no intentarlo. Es más, ¿y si me siento obligada, por qué no hacerlo igual? La vida está llena de obligaciones. Puedes tener dieciocho años y negarte a ver esa realidad o tenerlos y saberlo de antemano.

La cuestión es incluso más simple. Nadie puede decirme que no vivo. Lo que no quiero es simplemente existir. Si mi idea de la vida es exprimirme a mí misma, pues allá voy. Nadie debe decirme que marcarme metas es algo que me arrastra inexorablemente hacia la muerte. Hacia allí vamos todos. Lo que yo deseo es llegar a ella sabiendo que hice algo por mí. Existo porque pienso y no pienso porque existo.

jueves, 27 de agosto de 2009

Compromisos

Es complicado comprometerse. Con cualquier cosa, cualquier cosa que requiera esfuerzo, claro.
Observo el mundo y me doy cuenta de ello. También me doy cuenta de la importancia que tiene.

Acabo de caer en la cuenta de que, quizás, este blog debería llamarse el rincón del observador, porque eso hacemos, observar. Observamos acciones y hechos y evaluamos las consecuencias de cada uno de ellos. Con lupa, como se debe hacer.

Y la lupa es tan útil que nos la llevaríamos incluso a una isla desierta. Incluso sirve para éso. Pero no nos olvidemos de que no sólo basta con observar bajo lupa el mundo exterior, también debemos observarnos a nosotros mismos con la misma precisión. Es lo único que pido, precisión.

Últimamente pienso demasiado en lo imprecisos que somos todos. Con todo y ante todo. Devaluamos la vida con tanta inconcreción. Y hoy he decidido que es el momento de marcarnos metas. Las que cada uno decida, con la dificultad que supongan.

He observado -con lupa- que es importante comprometerse.