Tantos años para creer que la tierra forma parte del sistema solar. Y tantos años para percibir y comprobar que sigue dos movimientos, una elipse en torno al astro rey y un movimiento rotatorio sobre sí misma. A los sabios les parecía una teoría forzada. Ellos sustentaban que el círculo era la forma más perfecta y que por ello todo debía seguir su causa. Lo interesante es que tampoco andaban muy desencaminados. Para qué un círculo si se pueden tener dos. Ahora ya no nos sorprende tanto. Es un conocimiento más. Pero claro, ahora no hay nada que nos sorprenda mucho. Tampoco nos preguntamos demasiado. Vemos el cielo, las nubes, el mar, y no nos interesa lo más mínimo a qué se debe su apariencia, su color, su forma. Y olvidamos que los grandes filósofos enunciaban sus teorías a partir de la mera observación.
Yo tengo muchas teorías. Las nubes cambian de color según la luz que se refleje en ellas. El ser humano organiza su vida en torno a las horas de luz por una creencia de mayor productividad, el mar es un reflejo de los cielos. Y me pregunto, como los antiguos, si el sol no será el dios más grande y más fuerte. En toda cultura siempre ha sido su sino. Excepto en las más jóvenes. Antes había dioses para todo. Y la gente era más feliz. Siempre sabían a quién encomendarse. Porque desde luego, el ser humano no ha cambiado mucho. Sigue acudiendo a algo más abstracto que él, para todo. Cuando se siente sólo habla del amor. Cuando está triste de soledad. Cuando se siente oprimido de libertad. Pero cuando sabe que le falta algo no habla de conocimiento. Habla de dios, no de saber. Y, a medida que pasa el tiempo, refuerza su teoría del más allá. Se queda tranquilo si cree en su eternidad. Pero, la verdad, ¿quién quiere eternidad? Nuestra especie es la más joven que puebla la tierra. Y, por el camino que vamos, no vamos a durar mucho, y menos una eternidad. El ser humano sólo habla de abstractos por miedo. Por miedo a su propia desaparición.
Con lo cual, la raza humana es una raza cobarde preocupada por todo lo que no puede controlar. Que en su totalidad es incontrolable. La fuerza de la naturaleza es demasiado aleatoria. Por supuesto también responde a razones. Pero en nuestro afán por divinizarnos, por actuar como (creemos que actúan) nuestros propios dioses, perdemos el respeto por todo aquello que responde a causas en relación causa-efecto. Estamos tan convencidos de nuestra propia fuerza que pretendemos someter la libertad. Y no sólo la de la naturaleza, también la del ser humano. Y yo me pregunto ¿de verdad somos tan estúpidos? La respuesta es evidente.
Después de diez mil años de historia llegamos a la conclusión de que seguimos una evolución cíclica. Al final siempre, en nombre de los buenos valores, los de libertad e igualdad, en nombre de dios, coaccionamos la de los demás. En el mejor de los casos lleva a unas pocas muertes, en el peor, a masacres y destrucción de la cultura. Y, a riesgo de ser insensible –cuanto menos- la muerte forma parte de la vida, pero ¿la destrucción de la única prueba de la evolución del hombre? O es que el hombre, en realidad, no evoluciona. Pienso que, a pesar de los avances en la técnica todavía no ha comprendido su propia esencia. La naturaleza puede ser caprichosa, pero al menos no trata de perfeccionar su crueldad. Y ya que el homo sapiens se jacta de su superioridad ante el resto de seres vivos, lo mínimo es tener consciencia y no sólo conciencia.
Por supuesto, la idea de un dios no es incompatible con el conocimiento. Pero que no se use su nombre para cometer las atrocidades propias del ser humano. Siempre creí que éste, en esencia, era bueno. Que compartía un lazo con su entorno. Y ahora considero que no lo es tanto porque, en sus delirios de grandeza, lo único que consigue es dañar ese contacto. No se da cuenta de que sólo porque esté perdiendo no significa que esté perdido. Tiene todas las armas para encontrarse. Que se detenga. Que se dé un minuto de silencio por respeto a sí mismo. Que piense, por dios, que piense. Y que comprenda las consecuencias de sus actos, que por muchos dioses que haya, ellos sólo son una sospecha, real o no, a elección de cada uno.