Y es que aquí, en el mundo entre Rumbo-fijado y yo, ya casi no hay límites. Es lo que tiene la blogosfera, que te lleva más allá de las historias y los pensamientos modernos. Te traslada a ese mundo real que tanto nos fascina: el de las ilusiones, la novedad, el aprendizaje. Pero si en mi vida las ilusiones, la novedad y el aprendizaje se convierten en fracasos a medias, en la de Rumbo-fijado jamás los hay, porque de todo saca provecho. De ahí el paralelismo.
Aún y así, mi doble personalidad sigue adelante sin mucha frustración. Dentro de poco cambiaré –si la esfera quiere- el aceite de oliva por la manteca de cerdo y los andares entre semi-amigos, amigos, novios y demás por un horario prefijado y un montón de americanitos encantadores. Quizás vuelva con otra tanda de quilos de más. Quién sabe. O quizás el frenesí de “joven trabajadora” me alcanza y pierdo esta absurda pereza que me acosa día y noche. Pereza, a veces. Aburrimiento, siempre.
Que el último es el peor, aunque no os lo parezca. Que estoy empezando a pensar que no nací para escribir, ni para aprender, ni para encontrar cosas nuevas, ni para cambiar el mundo. Últimamente creo que nací para ser vegetal. Una patata, por ejemplo, apetecible pero con demasiada historia dentro de la gastronomía popular.
Y no dudo que sea Rumbo-Fijo, Carmina o cualquier clase de vegetal (volvamos a poner por caso patata), llegaré a donde me toque llegar. Pero quizá en vez de escribir me dedique a hacer cómics y en ellos Rumbo-Fijo comerá una patata radioactiva y se transformará cuando algo deba ser denunciado. Mientras tanto, Carmina se ocupará de mantener al margen a los curiosos que quieran desvelar la identidad de Rumbo-Fijo –o su guarida secreta (Rumbo-fijado)- y su naturaleza de tubérculo.